Durante años, el vapeo se presentó como una alternativa moderna, limpia y aparentemente menos agresiva que el tabaco tradicional. Un dispositivo pequeño, sabores dulces, olor tenue y una falsa sensación de control ayudaron a instalar la idea de que no era para tanto.

Pero esa percepción se está resquebrajando.

La evidencia científica y las alertas sanitarias han ido dejando algo claro: el cigarrillo electrónico no es inocuo. La Organización Mundial de la Salud sostiene que estos productos son perjudiciales para la salud y no son seguros, y advierte además de que la nicotina es altamente adictiva. También señala que el uso de cigarrillos electrónicos se asocia con una probabilidad casi tres veces mayor de iniciar después el consumo de cigarrillo convencional entre jóvenes no fumadores. 

Lo que preocupa a médicos y autoridades

El problema no es solo la nicotina. El aerosol de los cigarrillos electrónicos puede contener sustancias químicas, aromatizantes y otros compuestos potencialmente dañinos. En un informe oficial, el Ministerio de Sanidad de España advirtió que los cigarrillos electrónicos “no son seguros para el consumidor”, que a corto plazo se han visto efectos respiratorios y nuevas patologías como EVALI, y que el aerosol contiene sustancias tóxicas y carcinogénicas. 

La preocupación es especialmente alta entre adolescentes. En España, la Encuesta ESTUDES 2023 mostró que el 54,6% de los estudiantes de 14 a 18 años había usado cigarrillos electrónicos alguna vez en la vida, el 46,0% en los últimos 12 meses y el 26,3% en los últimos 30 días. En población general de 15 a 64 años, la encuesta EDADES 2024 situó en 19% el porcentaje de personas que los habían consumido alguna vez. 

Es decir: más que un fenómeno marginal, el vapeo ya forma parte de los hábitos de consumo de una parte importante de la población, sobre todo joven. Y eso explica por qué la respuesta institucional se ha endurecido.

Cómo está actuando España

España ya regula estos productos desde hace años. El Real Decreto 579/2017 fija, entre otras cuestiones, que los líquidos con nicotina no pueden superar los 20 mg/ml, que los envases de recarga no deben exceder los 10 ml y que los cartuchos o depósitos no superen los 2 ml. 

Pero Sanidad considera que ese marco se ha quedado corto ante la expansión del mercado. Por eso, el Ministerio ha impulsado nuevas medidas dentro del Plan Integral de Prevención y Control del Tabaquismo 2024-2027, y en 2024 anunció una regulación de vapers con y sin nicotina que incluye restricciones a los aromas. Ya en 2025, el Gobierno aprobó el anteproyecto de la nueva ley del tabaco, que amplía espacios sin humo, limita la publicidad de productos relacionados y prohíbe por primera vez la venta de cigarrillos electrónicos de un solo uso. 

El mensaje oficial es claro: no se trata solo de regular el tabaco clásico, sino también de frenar productos que están captando a nuevos consumidores, muchos de ellos menores o muy jóvenes. 

¿Cuántos casos graves hay?

Aquí aparece un matiz importante. Las fuentes oficiales españolas consultadas ofrecen datos muy sólidos de consumo y prevalencia, pero no un recuento nacional público, unificado y actualizado de ingresos hospitalarios específicamente atribuidos al vapeo comparable al sistema EVALI que utilizó Estados Unidos. Esa ausencia no significa que no existan casos; significa que, en España, el debate público y oficial está hoy más apoyado en la expansión del consumo, el riesgo de adicción y la evidencia clínica acumulada que en una estadística nacional única de lesiones pulmonares por vapeo. 

Casos que han encendido las alarmas

Dentro de España, uno de los testimonios más difundidos recientemente fue el de Daniel Martín, un joven de 18 años que relató en La Vanguardia que terminó con un edema pulmonar tras años de vapeo intensivo. Su caso tuvo repercusión porque puso rostro a un riesgo que muchas veces se percibe como lejano. 

Fuera de España, el ejemplo más conocido sigue siendo el brote de EVALI en Estados Unidos. Los CDC contabilizaron 2.807 casos hospitalizados o fallecimientos vinculados a lesión pulmonar asociada al uso de cigarrillos electrónicos o productos de vapeo, con 68 muertes confirmadas hasta febrero de 2020. 

Otro caso que tuvo gran impacto mediático fue el de un adolescente canadiense de 17 años, difundido por RTVE a partir de un caso clínico, que estuvo a punto de necesitar un doble trasplante de pulmón tras vapear y quedó con daños pulmonares crónicos. 

El problema de fondo: la normalización

Más allá de los casos extremos, lo que más inquieta a los especialistas es la normalización. Muchos adolescentes no sienten que estén entrando en una conducta de riesgo. No huele como el tabaco, no deja la misma huella social, tiene envases llamativos y sabores atractivos. Y precisamente ahí está parte del peligro.

La OMS insiste en que estos productos pueden enganchar pronto a la nicotina y abrir la puerta al consumo posterior de cigarrillos convencionales. En otras palabras: el vapeo no solo plantea un problema propio, sino que puede convertirse en un puente hacia otra adicción. 

La discusión sobre el cigarrillo electrónico ya no gira solo en torno a si “es menos malo” que fumar. La pregunta que hoy se están haciendo las autoridades sanitarias es otra: cuánto daño puede provocar una práctica que millones de jóvenes perciben como banal.

Una cuestión de salud pública

Y ahí la respuesta empieza a ser menos ambigua.

No, el vapeo no es vapor de agua.

No, no está libre de riesgos.

Y no, la industria del diseño y los sabores no cambia la realidad biológica de lo que entra en los pulmones.

Informar sobre ello no es alarmar. Es prevenir.

Porque a veces el daño no empieza con un ingreso hospitalario. Empieza mucho antes, en una idea equivocada: creer que no pasa nada.

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