Hay gestos que parecen pequeños, casi silenciosos, pero que en realidad siembran futuro. En Caldas de Reis, este viernes, más de un centenar de niños y niñas no solo plantaron árboles: plantaron conciencia, respeto y una forma de mirar al mundo que nace desde la tierra.

En la parroquia de Saiar, sus manos aún pequeñas se hundieron en el suelo para dar vida a más de 200 nuevos ejemplares de diferentes especies. Érbedos, nogales, castaños y cerezos comenzaron allí su historia, acompañados por la ilusión de quienes entienden, incluso sin palabras complejas, que cuidar la naturaleza es también cuidarse a sí mismos.
La escena, cargada de simbolismo, contó con la participación del alcalde, Jacobo Pérez, y del concejal de Medio Ambiente, Juan Carlos Ortigueira, pero los verdaderos protagonistas fueron ellos: los alumnos y alumnas de los centros educativos caldenses que, año tras año, dan continuidad a una tradición que ya suma cerca de 25 años.
No es solo una actividad puntual. Es una lección viva. Desde principios de siglo, esta iniciativa ha permitido que el monte de Caldas de Reis crezca con más de 10.000 árboles plantados gracias a la implicación del tejido educativo y de las comunidades de montes. Un legado verde que respira en cada rincón y que hoy vuelve a fortalecerse.
Guiados por agentes forestales y por los propios comuneros, los más jóvenes aprendieron algo que no siempre se enseña en los libros: el valor del tiempo, la paciencia de la naturaleza y la responsabilidad de protegerla. Cada árbol plantado es una promesa, pero también un compromiso.
El alcalde quiso poner en valor ese aprendizaje que trasciende generaciones, recordando que este tipo de acciones no solo contribuyen a reforzar el “pulmón verde” de Caldas de Reis, sino que también ayudan a construir una sociedad más consciente, más respetuosa y más conectada con su entorno.
El Día Internacional de los Bosques, celebrado cada 21 de marzo, encuentra así en Caldas de Reis una de sus expresiones más auténticas. Porque más allá de las fechas, lo verdaderamente importante es lo que queda: raíces que crecen, árboles que darán sombra, oxígeno y vida y niños que, al plantar hoy, entienden que el futuro también depende de ellos.
Quizá ahí resida la verdadera enseñanza de esta jornada. Que no hace falta ser grande para hacer algo grande. Que cada gesto cuenta. Y que, si más manos se unieran a este sencillo acto de plantar, cuidar y respetar, el mundo sería, sin duda, un lugar mucho más verde y mucho más humano.





Deja un comentario