La noche cae temprano en Caldas de Reis y, con ella, llega esa forma tan gallega de decir adiós: con música, ironía y una emoción que no necesita permiso para mezclarse con la risa.
En las calles del centro histórico, el negro del luto es más un disfraz compartido que una imposición. Hay gente apretada en las aceras, niños subidos a hombros, móviles en alto buscando capturar el instante. La humedad del invierno se mezcla con el vapor que asciende del río Umia. Y, entre el murmullo expectante, suena una banda. La melodía empuja el cortejo como si las notas también cargaran el ataúd.

En la comitiva aparecen curas de mentira, autoridades improvisadas, viudas teatrales y plañideras que lloran a carcajadas. Algunos caminan con solemnidad exagerada; otros, con gestos caricaturescos que arrancan aplausos. En Caldas, el Enterro da Sardiña no es solo el broche final del Entroido: es una representación colectiva donde el humor y la memoria se dan la mano para despedir los excesos del carnaval y abrir, simbólicamente, la puerta a la Cuaresma.
Pero detrás del teatro popular hay historia, identidad y una comunidad que se reconoce cada año en el mismo ritual.

Un ritual con mapa propio: de A Tafona al Umia
La ceremonia tiene su propio itinerario sentimental. El velatorio comienza en A Tafona, punto de encuentro donde la sardina —protagonista indiscutible— recibe las primeras “muestras de duelo”. Allí se congregan vecinos, asociaciones culturales y músicos que acompañarán el recorrido.

Desde ese lugar, el cortejo avanza por espacios emblemáticos como Campo da Torre y Rúa Real, atravesando un casco urbano que se transforma por unas horas en escenario. Las fachadas iluminadas, los balcones ocupados y las esquinas abarrotadas convierten la procesión en un espectáculo participativo.
El destino final es el puente de A Ferrería. Bajo sus arcos, el río Umia fluye oscuro y silencioso, esperando el gesto que marca el cierre. Cuando la sardina es arrojada al agua, la multitud contiene la respiración por un segundo. Después llegan los aplausos, las risas y el comentario compartido: el carnaval ha terminado.
Sin embargo, la despedida no acaba ahí. La música continúa. La Banda Municipal y agrupaciones festivas —incluidas batucadas y comparsas— prolongan la celebración, como si nadie quisiera abandonar del todo ese mundo al revés que el Entroido permite habitar.
La sardina que habla de lo que duele
En Caldas, la tradición no es una urna cerrada: respira con la actualidad.
Cada año, la figura de la sardina incorpora elementos simbólicos que dialogan con la realidad local. En esta edición, el personaje apareció revestido de mensajes vinculados al debate sobre la Variante Oeste, reflejando la oposición vecinal al trazado propuesto. Así, el humor del Entroido se convirtió en altavoz político sin romper el pacto festivo.
Esa es una de las claves del “entierro” como género popular: se llora lo que se va, sí, pero también se comenta lo que pasa. El ritual admite el sarcasmo, la crítica social y la sátira como parte esencial del guion. No hay contradicción entre fiesta y reivindicación; al contrario, la tradición funciona como espacio legítimo para decir lo que durante el año se susurra.
La sardina, entonces, no es solo un muñeco de cartón piedra. Es un espejo irónico donde la comunidad proyecta sus preocupaciones y deseos.
Un rito viajero: del Madrid ilustrado a la Galicia festiva
Aunque hoy parezca inseparable del calendario gallego, el Enterro da Sardiña no nació en Galicia. Diversos estudios sitúan su origen en Madrid, en el siglo XVIII, durante el reinado de Carlos III.
La versión más difundida relata que un cargamento de sardinas en mal estado fue enterrado para evitar su consumo. Con el tiempo, aquella anécdota derivó en una celebración burlesca que marcaba el final del carnaval. El gesto simbólico —enterrar la sardina como despedida de los excesos— se consolidó y se extendió por distintos territorios.
La tradición dejó incluso huella en el arte. Francisco de Goya inmortalizó la escena en su obra El entierro de la sardina, hoy conservada en el Museo del Prado. En el lienzo, máscaras, música y caos festivo revelan la ambigüedad del carnaval: celebración y crítica, risa y sombra.
Cuando la costumbre llegó a Galicia, encontró un terreno fértil. Aquí, tierra de mar y de emigración, la sardina ya era símbolo cotidiano. El ritual se adaptó, se reinterpretó y adquirió rasgos propios en cada localidad.
Pontevedra: territorio de sardinas que “mueren” y regresan
En la provincia de Pontevedra, el Enterro da Sardiña se repite con variaciones. La tradición marinera explica en parte esta expansión: despedir el carnaval con un pez tenía sentido en una tierra vinculada históricamente al mar.
Algunos municipios incorporan versiones infantiles, como la “xoubiña”; otros introducen elementos satíricos más marcados. En Caldas de Reis, el equilibrio entre participación ciudadana, música en vivo y crítica social ha consolidado el acto como uno de los momentos más esperados del calendario festivo.
La afluencia de visitantes demuestra que el ritual trasciende lo local sin perder autenticidad.

La dimensión humana: despedir para poder seguir
Visto desde fuera, todo parece una contradicción: un funeral que no deprime, un luto que une a vecinos y turistas, un “cadáver” que provoca ternura en lugar de tristeza.
Pero ahí está el sentido profundo del rito.
El Entroido es el tiempo del permiso: disfrazarse, exagerar, invertir jerarquías, reírse del poder. El entierro, en cambio, es la puesta en escena del regreso al orden cotidiano. No es una ruptura brusca, sino una transición teatralizada.

Cuando la sardina cae al Umia, no se hunde solo un muñeco. Se hunde el permiso colectivo para el exceso, la máscara y la licencia. Se acepta que el ciclo festivo termina y que la vida retoma su ritmo habitual.
Y, sin embargo, algo permanece.
Permanece la complicidad entre vecinos que compartieron la risa. Permanece la memoria de la música atravesando la noche fría. Permanece la certeza de que el próximo año la sardina volverá a “morir”, y la comunidad volverá a reunirse para despedirla.
Porque en Caldas de Reis el Enterro da Sardiña no es solo el final del Entroido. Es un recordatorio de que toda despedida puede celebrarse, de que la identidad se construye también en la risa compartida y de que, incluso en el funeral más simbólico, late una afirmación de vida.






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