Fabiana Mattos – Psicoanalista clínica y formadora certificada en Portugal.

No siempre es el otro quien anula a las mujeres; muchas veces son ellas mismas las que acaban desapareciendo de sí. Pero ¿qué significa realmente esto?
Desaparecer de una misma es dejar de prestarse atención, dejar de mirarse, de cuidarse y de comprenderse. La mujer que se pierde de sí misma rompe el contacto y la intimidad con su propio ser, con su esencia. Está presente en el mundo, está presente en la vida de los demás, pero ya no está en la suya.
Los factores que pueden llevar a una mujer a este punto son diversos: el exceso de exigencias que ocupan todo su tiempo, la rutina intensa, el agotamiento. Todo ocurre de manera automática, hasta que la mujer deja de vivir y pasa únicamente a hacer.
Estar constantemente envuelta en tareas, siempre con prisas y atrapada en una rutina mecánica, provoca daños emocionales que no siempre son reconocidos ni percibidos —ni por la propia mujer ni por quienes forman parte de su vida—.
Culturalmente, la mujer arrastra roles muy bien definidos. Si los cumple, parece que eso basta: aguantar, hacer, seguir. Las personas que se acostumbran a verla en una dinámica intensa concluyen que eso es “normal” y no perciben el desgaste emocional que puede estar instalándose de forma silenciosa.
Ante esta realidad, la desconexión surge como un mecanismo de defensa. Al desconectarse de sí misma, la mujer evita mirar aquello que le duele, la falta de vida que siente o la soledad que puede estar formándose. Desconectarse de una misma es también una forma de no afrontar el abandono que ha sufrido por parte de sí misma. Esta actitud puede funcionar como una máscara defensiva, pero no deja de ser cruel. En algún momento, todo esto emergerá en forma de síntomas o enfermedades.
La única manera de comprender si tu rutina y tus exigencias están siendo saludables es mirarte hacia dentro. Es a través del autoconocimiento como la mujer se permite ver lo que duele, entender lo que perjudica, reconocer lo que le está robando la vida y generando sobrecarga. Solo con esta conciencia —de la vida que lleva y de cómo se siente— es posible transformar la propia realidad.
Reorganizar la rutina implica reconocer que no eres un robot. El agotamiento ya es un síntoma de que algo no está bien organizado y necesita ser revisado. También es fundamental pensar en el placer, recuperar la identidad y recordar quién eras antes de que este ritmo frenético y automático se adueñara de tu vida.
Es necesario volver a sentir, mirar el mundo que te rodea con las emociones que lo acompañan. Reencontrarte para poder cumplir con tus responsabilidades sin renunciar a la vida ni a la salud.
Aquí va la propuesta de un ejercicio sencillo de autoconocimiento que puede ayudarte a volver la mirada hacia ti:
Detente un momento, preferiblemente en un lugar silencioso y que te aporte calma —puede ser un parque, un jardín, el mar, el templo religioso que frecuentes o incluso un espacio cómodo y acogedor de tu casa—. Aléjate de cualquier dispositivo electrónico. Ahora, piensa en tu vida y recuerda un momento en el que te sentías más alegre, más llena de amor, con sueños y un deseo genuino de vivir. Puede ser en la infancia, la adolescencia, la juventud o incluso en la edad adulta.
¿En qué etapa te sentiste más viva? ¿Qué ha cambiado desde entonces? ¿Qué permitiste que ocurriera y que hoy percibes que necesitas cambiar? ¿Cuánto bien te haría ese cambio ahora? ¿Cómo deseas estar a partir de hoy?
Siente. Permítete sentir todas las emociones de este viaje hacia tu interior. Regresa a la vida. Después de este momento de reflexión, escribe sobre todo ello y, especialmente, sobre cómo deseas que sea tu vida a partir de ahora. Anota también tres acciones sencillas que puedan ayudarte a iniciar este proceso de rescate.
La vida es para vivirla ahora, en el presente. Hazlo por ti. Te mereces lo mejor.







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