Por Fabiana Mattos – Psicoanalista clínica

Hay un legado silencioso que ha acompañado a las mujeres durante gerações. Un aprendizaje transmitido casi sin palabras: cuidar. Antiguamente, las niñas crecían observando a sus madres dedicarse al hogar, a los hijos, al marido. Aprendían que su papel era sostener, atender, reparar lo que se quebraba. Era una sabiduría heredada, pasada de mano en mano, de generación en generación.

Con el tiempo, ese guion se transformó. Las hijas ya no solo tenían que encargarse de las tareas domésticas; también debían estudiar, trabajar, construir autonomía financiera. La sociedad abría nuevas puertas, pero no retiraba ninguna de las responsabilidades anteriores. Así, la mujer moderna se vio acumulando funciones: profesional, madre, cuidadora, administradora de la casa, figura emocional de referencia. Y todo sin que nadie le restara nada de su lista.

Ese es el origen del peso invisible que tantas mujeres cargan hoy. Un peso que se disfraza de elogio:

“Eres increíble, haces de todo.”

Y ella, acostumbrada a ser fuerte, empieza a creer que soportar la extenuación es admirable. Que no desmoronarse es un tipo de virtud. Que aguantar es un sinónimo de amor.

Pero no lo es. No es bonito. No es saludable. Es cruel —y enferma.

Estamos entrando en una nueva etapa: la etapa de la conciencia. Cada vez más mujeres descubren que no, no pueden con todo. Y que intentar hacerlo tiene un costo emocional alto: ansiedad, culpa, agotamiento, hiperresponsabilidad. Porque ningún acto se queda solo; cada decisión desencadena consecuencias. Y, demasiadas veces, esas consecuencias alcanzan justamente a quienes más amamos.

Mientras la sociedad espera que la mujer sea un pilar inquebrantable, ella se siente sola, vacía, desbordada. Siente culpa por no llegar a todo, por no cumplir con las expectativas ajenas y tampoco con las propias. Y esa sobrecarga se filtra en la vida familiar, en su bienestar, en su salud mental.

La verdad es clara: no es solo la cantidad de tareas, sino todo lo que ese exceso arrastra consigo.

Ser fuerte no significa aguantar hasta romperse. Ser fuerte es reconocer límites, delegar, pedir ayuda sin vergüenza. Es entender que también merece descanso, cuidado, espacio para existir sin exigencias imposibles. Es incluirse en la lista de prioridades.

Porque el precio de sostener expectativas sociales es alto. El precio de vivir una realidad que te asfixia es alto. El precio de anularte para satisfacer al otro es demasiado alto.

Si quieres fuerza, no puedes sumergirte todos los días en lo que te debilita.

El día en que puedas descansar sin culpa, podrás decir: ahora sí, encontré el punto justo de ser humana.

Porque eso es lo que somos: humanas.

No heroínas.

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