Por Fabiana Mattos – Psicoanalista y Formadora

A pesar de los avances, todavía queda un largo camino por recorrer cuando hablamos de mujeres. Se habla mucho del tema, sí, pero sigue siendo insuficiente ante la magnitud de las transformaciones que ellas afrontan para alcanzar conquistas que, muchas veces, llegan acompañadas de nuevas cargas y responsabilidades que la sociedad continúa sin cuestionar.

Uno de los contrastes más evidentes aparece entre la búsqueda de igualdad intelectual y profesional y el mantenimiento, casi intacto, de las obligaciones tradicionales que históricamente han recaído sobre las mujeres: el cuidado del hogar, la crianza de los hijos, la gestión emocional de la familia, la atención al compañero y un sinfín de tareas invisibles asociadas a una normalidad heredada.

Aunque hoy ocupen más espacios, más funciones y más cargos, los compromisos socialmente asignados desde el nacimiento apenas han variado. La mujer continúa intentando conciliar —con valentía, pero también con agotamiento— sus metas personales y profesionales con esos roles previos que siguen considerándose innegociables.

En medio de todo ello, entre expectativas ajenas y exigencias propias, las mujeres lidian en silencio con presiones y frustraciones diarias. Muchas se sienten incapaces de “llegar a todo”, alimentando una ilusión que ellas mismas, influenciadas por una fuerte carga social, han interiorizado: la de desempeñar todos sus papeles a la perfección únicamente por el hecho de ser mujeres.

Esa carga invisible pesa. Y pesa mucho. Genera emociones intensas, síntomas silenciosos y sufrimientos profundos que no siempre encuentran espacio de escucha ni comprensión. Es precisamente en ese silencio —ya sea impuesto o autoimpuesto— donde las mujeres más enferman. Y cuando una mujer cae, su ausencia evidencia algo que la sociedad todavía se resiste a admitir: la falta que hace. Lo nota la casa, lo nota la familia, lo nota el trabajo. Lo nota la vida entera que ella sostenía sin ruido.

Hablar de la salud emocional de las mujeres es abrir espacio para escuchar este grito callado. Es comprender que si todas las vidas importan, las de quienes dan vida y cuidan de ella importan todavía más. Porque cuidar de la mujer es, en última instancia, cuidar de toda la estructura social que depende de ella.

Las mujeres siguen buscando crecer, alcanzar sueños y construir una vida más plena. Pero en ese camino aparece un impacto emocional enorme que, a menudo, las desgasta hasta el límite. En la búsqueda de la vida ideal, muchas terminan con la propia salud comprometida.

Esta columna nace con la intención de abrir conversaciones que la sociedad aún evita: aquellas que mantienen a las mujeres en un espacio pequeño en el que ya no caben, porque su grandeza va mucho más allá. También pretende ampliar la conciencia colectiva sobre la necesidad urgente de transformar comportamientos y actitudes sociales que afectan, directa e indirectamente, a la vida de todas y todos.

Hablar de la salud emocional de las mujeres es un asunto de interés público, una cuestión de salud social y familiar. No es un favor. Es una responsabilidad compartida.

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