La psicoanalista y formadora Fabiana Mattos lleva años escuchando en su consulta relatos que, aun siendo diferentes, comparten un mismo hilo conductor: la sobrecarga emocional que atraviesa —en silencio— la vida cotidiana de la mayoría de las mujeres. No es un problema aislado, ni un caso puntual, sino un fenómeno profundo y estructural que se repite de generación en generación.

Mattos explica que esta sobrecarga nace de la enorme cantidad de roles que una mujer asume en un solo día. “Una mujer puede ser madre, profesional, compañera, hija, amiga y responsable del hogar… todo al mismo tiempo”. No existen compartimentos estancos. No hay un día para cada papel. Todo ocurre a la vez, desde primera hora de la mañana hasta que la casa por fin se queda en silencio.
La presión no está solo en hacer, sino en hacerlo bien. La mujer siente —porque la sociedad así lo ha transmitido— que debe ser excelente en todo: una madre perfecta, una pareja comprensiva, una profesional eficaz, una cuidadora incansable. Esa exigencia, muchas veces silenciosa, empieza a consumir energía, emociones e incluso salud.

A esta acumulación de tareas se suma la llamada carga mental: pensar, planificar, anticipar, recordar, sostener. No es solo preparar la cena, sino decidir qué cocinar, prever horarios, resolver imprevistos, mantener la logística del hogar funcionando. Esta carga —invisible para muchos— es una de las principales razones por las que tantas mujeres viven exhaustas, física y emocionalmente.

Mattos señala que esta presión constante acaba manifestándose en el cuerpo: ansiedad, insomnio, dolores musculares, irritabilidad, tristeza profunda, cansancio extremo, sensación de fracaso y desmotivación. “A veces dejan incluso de hacer cosas simples para sí mismas —una clase de deporte, una salida, una cita médica— porque siempre hay algo más urgente que ellas”. Cuando las emociones son tragadas día tras día, el cuerpo termina hablando más alto que la mente.

Las expectativas sociales y culturales agravan el problema. Desde pequeñas, muchas mujeres aprenden que su lugar es el cuidado: ayudar en casa, atender a los hermanos, estar disponibles, no molestar, no pedir. Ese aprendizaje se convierte en un mandato interno que en la vida adulta se traduce en “tengo que poder con todo” o “si pido ayuda, soy débil”. Se romantiza la resistencia femenina: “qué guerrera”, “qué fuerte”, “cómo llega a todo”. Pero detrás de ese elogio, advierte la psicoanalista, hay una normalización de la sobrecarga.

Incluso cuando hay una pareja corresponsable, la responsabilidad mental y emocional del hogar recae mayoritariamente en la mujer. Y cuando no la hay, el sentimiento es claro: “ella contra el mundo”.

Por eso, Mattos insiste en la importancia de las redes de apoyo reales: familiares, amigos o grupos terapéuticos. “Cuando una mujer escucha la historia de otra y se reconoce en ella, deja de sentirse sola”. Compartir experiencias, validar emociones y repartir responsabilidades tiene un impacto directo en el bienestar emocional.

Aun así, el cambio necesario es profundo y debe ocurrir en varios niveles. La sociedad debe asumir una división de tareas más justa, abandonar la idea de que la mujer ‘debe poder con todo’ y tomarse en serio la salud mental femenina. Las familias deben aprender a escuchar y comprender que la carga emocional también es un desgaste.
Pero Mattos enfatiza un punto crucial: la transformación también depende de cada mujer. “Tiene que aprender a poner límites, a delegar, a pedir ayuda, a reconocer qué tareas son suyas y cuáles ha asumido porque así la enseñaron”. Es un movimiento interno que requiere valentía y conciencia.

Para aquellas que sienten que están al límite, Mattos ofrece un consejo claro: detenerse y observar. Preguntarse por qué están tan cansadas, qué emociones están calladas, qué cargas no les pertenecen. Y buscar apoyo. “Salir sola de una sobrecarga es muy difícil. El primer paso es reconocer los propios límites; el segundo, no abandonarse”.

En un mundo que aún espera de las mujeres que lo sostengan todo, recordar esto no es solo un gesto de autocuidado; es un acto de resistencia.

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