En una tarde tranquila en Caldas de Reis, el aroma a mantequilla, canela y chocolate se escapa por la ventana de una cocina donde la magia ocurre en silencio. Allí, entre cuencos, varillas y una sonrisa cómplice, Coque Fariña, cocinero apasionado y creativo, prepara unas magdalenas que no son simples dulces: son recuerdos de infancia y caricias para el alma.
“Las magdalenas son un clásico, pero también un lienzo para crear”, comenta mientras mezcla los huevos con el azúcar. En sus manos, la receta tradicional se viste de modernidad: un toque de coñac, una pizca de especias —canela, jengibre, cardamomo, nuez moscada— y el inconfundible perfume de la mantequilla fundida. “Me gusta que cada bocado tenga algo que contar”, dice, con esa calma de quien sabe que cocinar es también una forma de narrar historias.
Su propuesta, Magdalenas con chocolate y frosting de queso, une la tradición hogareña con un toque gourmet que conquista desde el primer vistazo. Pequeños bizcochos dorados, esponjosos y coronados con una nube blanca de crema suave que recuerda a los postres de antaño, pero con la elegancia de la repostería contemporánea.
La receta de Coque Fariña
Ingredientes para las magdalenas:
- 4 huevos
- 250 g de azúcar
- 250 g de mantequilla fundida
- 250 g de harina de repostería
- 200 g de pepitas de chocolate
- 8 g de levadura química
- 1 chorrito de coñac
- 1 pizca de sal
- 1 cucharada de especias molidas (canela, jengibre, cardamomo, nuez moscada…)
Para el frosting de queso:
- 200 g de nata
- 200 g de queso crema
- 50 g de azúcar glas
Decoración:
- Cacao en polvo
El proceso, paso a paso
En un cuenco grande, bate los huevos con el azúcar hasta lograr una mezcla espumosa y pálida. Añade la mantequilla fundida y el chorrito de coñac. “El secreto está en no tener prisa”, sonríe Coque, “porque la masa, como las personas, necesita su tiempo para mezclarse bien”.
En otro recipiente, tamiza la harina con la levadura, la sal y las especias. Une ambas mezclas con movimientos suaves y envolventes. El resultado es una masa aromática y ligera, lista para recibir las pepitas de chocolate que darán el toque de placer.
Después, hornea a 180 grados durante unos 20 minutos. El olor que invade la cocina es pura nostalgia: infancia, meriendas y tardes de lluvia.
Mientras las magdalenas se enfrían sobre una rejilla, Coque prepara el toque final: un frosting de queso y nata que eleva el conjunto a otro nivel. “Me gusta ese contraste entre lo dulce y lo fresco”, explica mientras llena la manga pastelera con precisión casi artística. Con una boquilla rizada, decora cada magdalena como si pintara una pequeña obra efímera. Un toque de cacao en polvo y… listo: pura poesía comestible.
Más que un postre, una emoción
Para Coque Fariña, la cocina no es solo un oficio, sino una forma de comunicación. “Cuando preparo algo dulce, pienso en quién lo va a probar. Cocinar es cuidar”, dice mientras observa las magdalenas recién decoradas.
En su versión, cada ingrediente tiene un sentido. Las especias calientan el alma, el chocolate despierta sonrisas y el queso crema equilibra lo dulce con lo real. Y así, con la sencillez de lo bien hecho, Coque convierte una receta tradicional en una experiencia sensorial que huele a hogar, sabe a celebración y deja en el corazón un eco de ternura.
“Las magdalenas tienen algo mágico —concluye—, porque consiguen hacer feliz a cualquiera, aunque sea solo por un instante.”
Acompáñalas con un café, un té o una conversación larga. Porque, al final, la repostería —como la vida— está hecha de momentos que se disfrutan despacio.







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