En una mañana tranquila de otoño, las voces del coro de la Asociación de Xubilados y Pensionistas llenaron de melodía las paredes centenarias del Asilo de Caldas de Reis. Entre los rostros emocionados de los mayores, se podía percibir algo más profundo que la nostalgia: se respiraba historia, memoria y afecto.
Cada nota parecía acariciar las piedras antiguas del edificio, como si despertara en ellas los recuerdos de quienes pasaron por allí antes —monjas, cuidadores, vecinos, generaciones enteras que encontraron en ese lugar algo más que un techo: encontraron consuelo, compañía y amor.

Durante más de 130 años, la congregación de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados ha sido el corazón silencioso del Asilo. Con sus hábitos blancos y sus manos incansables, cuidaron de miles de personas, ofrecieron abrigo, fe y una palabra amable incluso en los días más duros.
Su historia comenzó en 1887, en un Caldas mucho más pequeño, cuando la solidaridad se tejía con gestos sencillos y el sonido del Umia acompañaba la vida diaria del pueblo. Desde entonces, el Asilo se convirtió en parte de la identidad de la villa, un faro de humanidad en medio del tiempo.

Hoy, ese faro se enfrenta a un nuevo amanecer. La congregación ha comunicado su intención de dejar la gestión del centro, y el Concello de Caldas de Reis ya trabaja para garantizar que el servicio continúe operativo. Los técnicos municipales preparan informes, se analizan opciones, y el alcalde, Jacobo Pérez, ha querido acercarse personalmente a escuchar, acompañar y agradecer.

“El Asilo es un referente, no solo para nosotros, sino para toda la comarca”, expresó el regidor con visible emoción. “Aquí se cuida de cerca de ochenta personas mayores, se crean empleos y se mantiene vivo un espíritu de comunidad que no puede perderse. Actuaremos con responsabilidad y transparencia para encontrar la mejor solución posible”.

Las palabras del alcalde resonaron entre los pasillos del edificio, donde todavía se escuchan las oraciones de quienes un día lo llenaron de vida.
Para los trabajadores, este momento está lleno de sentimientos encontrados: emoción, incertidumbre… pero sobre todo, esperanza. Son personas que no solo trabajan, viven una parte de una vida con ellos.
Fuera, el otoño cubre de hojas doradas los muros del Asilo, y el murmullo del Umia se mezcla con las voces del coro, como si el tiempo se detuviera para rendir homenaje a lo esencial.
Todo cambia —las manos, los nombres, los años—, pero hay cosas que permanecen: la compasión, la gratitud, la memoria.El Asilo de Caldas de Reis no es solo un edificio de piedra. Es un testimonio vivo de lo que una comunidad puede lograr cuando se une para cuidar de los suyos.
Y aunque su historia entre en una nueva etapa, su esencia seguirá siendo la misma: la de un lugar donde la ternura y la dignidad nunca pasan de moda.

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