Especial para La Voz de Caldas
No hay hematomas. Hay mensajes que piden ubicación, “preocupaciones” que se convierten en prohibiciones y preguntas que suenan a cuidado, pero esconden control. La violencia psicológica rara vez se percibe al principio. Se disfraza de amor, de atención, de afecto. Y cuando la víctima se da cuenta, ya está dentro de un ciclo en el que el cariño se ha convertido en vigilancia y el afecto, en prisión.

Eso fue lo que ocurrió con una de las mujeres entrevistadas para este reportaje, que prefiere mantener el anonimato. “Tardé años en entender que lo que yo llamaba amor era, en realidad, una prisión disfrazada de cuidado”, contó. Ella creía que los celos eran una prueba de amor, que las peticiones para cambiar de ropa o dejar de salir con amigas eran muestras de protección. “Él decía que era por mí, que solo quería lo mejor para mí. Y yo le creía.”
La psicoanalista Fabiana Mattos, que desde hace años atiende a mujeres víctimas de abuso emocional, explica que ese es el patrón más común en las relaciones abusivas sin violencia física. “Es cuando el control se disfraza de cariño. Él dice: ‘Solo quiero protegerte’, ‘nadie te entiende como yo’. Poco a poco, el amor se transforma en prisión”, afirma. Según Mattos, el inicio de la relación suele estar marcado por una atención y un afecto intensos. “Es una fase de conquista, de encanto. Solo después aparecen las restricciones, las críticas y el aislamiento.”
La violencia psicológica, reconocida por la Ley Orgánica 1/2004 de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género, es delito en España. La ley incluye cualquier acto que atente contra la libertad o la integridad moral de la mujer dentro de una relación afectiva, incluso sin agresión física. Esto puede incluir chantaje emocional, humillaciones, manipulación de los hijos o difamación pública. El Código Penal, en los artículos 171, 172, 208 y 209, también prevé sanciones por amenazas leves, coacciones o injurias. “Muchas veces el agresor no levanta la mano, pero destruye la autoestima de la mujer con palabras y control”, señala la psicoanalista.

Otra mujer, que también pidió mantener el anonimato, relató que convivió durante años con un hombre al que consideraba bueno, aunque ya notaba señales de que algo no iba bien. “Gritaba cuando no hacía las cosas a su manera y yo pensaba que era normal. Después de pedir la separación empezaron las amenazas, los insultos, los intentos de humillarme. Incluso lo hacía delante de mis hijos”, cuenta. Solo cuando el miedo comenzó a alcanzar también a los niños decidió buscar ayuda. “Me di cuenta de que el silencio solo alimentaba la violencia — y decidí no callarme más.”
Fabiana explica que el miedo es uno de los principales motivos que mantienen a las mujeres en relaciones abusivas. “Existe el miedo a quedarse sola, a no poder mantener a los hijos, a ser juzgada o a no ser creída. Pero también existe la culpa, que es una trampa emocional. La mujer acaba creyendo que ha hecho algo para provocar el abuso”, dice. La especialista observa que el agresor alterna fases de agresividad y arrepentimiento, creando una especie de dependencia emocional. “Es violento, luego llora, promete cambiar, pide perdón. La mujer cree que puede mejorar, porque también ve momentos de ternura. Es un ciclo que atrapa.”
El impacto psicológico, según la psicoanalista, es devastador. “El abuso corroe la identidad de la mujer. Duda de sí misma, pierde la confianza, se anula. Muchas desarrollan ansiedad, insomnio, dolores físicos e incluso estrés postraumático.” Una de las mujeres atendidas por Mattos vivió cuatro años en alerta constante. “Tenía que dejar la casa exactamente como él quería, hablar del modo que él aceptaba. Cuando su hijo, de otra relación, se mudó con ellos, la situación empeoró. El niño no seguía las reglas impuestas y eso generaba conflictos. Ella intentaba mediar, pero vivía como si caminara sobre cristales”, relata la terapeuta.
Incluso después de romper la relación, los traumas persisten. “Muchas mujeres continúan viviendo como si el agresor aún estuviera allí. Tienen miedo de salir, de expresarse, de tomar decisiones. Es un miedo que tarda en cicatrizar”, comenta Fabiana. Una de las entrevistadas lo resume así: “Durante años fui silenciada y humillada, hasta descubrir que merecía paz más de lo que temía la soledad.”
La psicoanalista afirma que el proceso de reconstrucción comienza cuando la mujer comprende lo que ha vivido. “La terapia es la reconstrucción simbólica de la casa interior. Es el momento en que aprende a diferenciar el amor del control y descubre que puede tener relaciones sanas.” Recalca que pedir ayuda no es señal de debilidad, sino de fuerza. “Pedir ayuda requiere amor propio. Es un acto de valentía mirar hacia dentro y enfrentar lo que duele.”
En Caldas de Reis, el Centro de Información a la Mujer (CIM) ofrece asistencia jurídica gratuita, apoyo psicológico y orientación social a mujeres que sufren violencia de género. El centro también atiende a vecinas de Barro y Portas, y actúa en casos de manipulación, difamación o control psicológico. El servicio es gratuito y confidencial.

Según abogados y trabajadoras sociales, es fundamental que la víctima no responda a provocaciones, no abandone el hogar sin orientación judicial y registre todo lo que ocurra: mensajes, amenazas, testimonios. También se recomienda buscar acompañamiento psicológico, tanto para la mujer como para los hijos, que son víctimas secundarias. “Aunque la agresión no sea directa, los niños sienten el miedo, el silencio, la tensión. Crecen creyendo que el amor es sinónimo de dolor”, advierte Mattos.
La llamada violencia vicaria, cuando el agresor utiliza a los hijos para dañar emocionalmente a la madre, fue reconocida en la legislación española en 2021. Ocurre, por ejemplo, cuando el padre habla mal de la madre delante de los niños, los manipula emocionalmente o los usa como forma de chantaje. Fabiana subraya que romper ese ciclo también es proteger a los hijos. “Una niña puede volverse sumisa; un niño, controlador. Cuando la madre sana, enseña a sus hijos que el amor no duele — el amor es seguridad.”
El silencio, sin embargo, sigue siendo el mayor obstáculo. Muchas mujeres sienten vergüenza de pedir ayuda. “Se consideraban fuertes, independientes. Admitir que se equivocaron o que fueron manipuladas es doloroso. Pero elegirse a sí misma es el primer paso”, dice Fabiana. Una de las entrevistadas encontró en esa elección su redención: “Transformé el dolor de una relación abusiva en la fuerza que me hizo empezar de nuevo.”
Las marcas de la violencia psicológica no aparecen en las fotos, pero permanecen en el alma.
Son palabras que resuenan, miradas que hieren, silencios que pesan.
Aun así, cada mujer que decide romper el silencio rompe también el ciclo que el agresor intenta mantener.
Pedir ayuda no es rendición — es resistencia. Porque el amor que aprisiona no es amor. Y el primer paso hacia la libertad es tener el valor de decir: “basta.”







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