Caldas de Reis amaneció diferente. Tras días de lluvia, el sol decidió aparecer justo a tiempo para iluminar una jornada que ya se intuía histórica. Entre los árboles del Jardín Botánico, alumnos de las escuelas locales, vecinos y visitantes aguardaban la salida con carteles, gritos y sonrisas ansiosas. Los ciclistas, conscientes de la expectación, se acercaban a las vallas y tendían la mano a los niños, en un gesto que anticipaba la cercanía que marcaría todo el día.

La segunda etapa de la Vuelta a Galicia Élite y Sub-23 partía del corazón de la villa termal, con 138 kilómetros por delante y cuatro puertos de tercera categoría que pondrían a prueba la resistencia del pelotón. En la llamada de corredores, autoridades locales, representantes del gobierno gallego y miembros de la Federación Galega de Ciclismo acompañaban el acto, mientras una gran pantalla transmitía en directo cada instante de la carrera. El ambiente era de fiesta: preguntas para los más pequeños, regalos, aplausos y toda una ciudad dispuesta a mostrar lo mejor de sí.

El homenajeado del día, Samuel Blanco, lo resumía con emoción: “Es un orgullo inmenso porque al final es la vuelta de casa, la primera vuelta grande que pude ganar. Es una alegría y me llena de orgullo”. Consciente de su papel en esta edición, confesaba haber diseñado el recorrido: “Intenté crear un trazado atractivo, con puntos decisivos para el espectáculo, pero sin castigar demasiado. Quise mostrar al público lo que es Caldas y sus alrededores”. Sus palabras eran casi el retrato de lo que sentían los vecinos, orgullosos de ver su tierra convertida en escaparate.

La carrera no tardó en encenderse. El pelotón, lanzado a casi 44 km/h de media, vivió ataques, fugas y persecuciones que hicieron vibrar a quienes seguían cada movimiento en la pantalla gigante. En la última subida, el joven italiano Leonardo Volpato encontró el momento exacto. “En España no vine solo a participar, sino a dar valor a nuestro equipo italiano. En la última subida ataqué desde los primeros cien metros y creí en la llegada. Miraba hacia atrás, temiendo que alguien me siguiera, pero conseguí abrir hueco. En lo alto vi que tenía ventaja y lo di todo hasta la meta”, relataba aún jadeante, con la mirada incrédula de quien se descubre protagonista.

El público fue parte inseparable del espectáculo. Maite, ama de casa de Caldas, lo explicaba con sencillez: “El evento me pareció estupendo, representa un crecimiento para la ciudad. Fue muy bonito ver la llegada de los ciclistas, realmente emocionante, sobre todo la parte del líder. La organización estuvo muy bien”. A su lado, la chef Regina, de visita en la villa, añadía otro matiz: “Me impresionó la grandiosidad del evento y el entusiasmo de los vecinos en el apoyo a los atletas”. Sus palabras se mezclaban con las imágenes de los corredores entregando bidones a los niños en la meta, pequeños tesoros que guardarán como recuerdo de un día inolvidable.

Para el teniente de alcalde, Manuel Fariña, la jornada tuvo además un valor estratégico: “Eventos como este nos permiten mostrar al mundo todo lo que Caldas ofrece: desde la Fonte da Burga hasta nuestras parroquias. La cobertura mediática atrae turismo y nos da visibilidad. Estamos convencidos de que muchos de los que conocieron Caldas hoy volverán en los próximos años”.

En lo puramente deportivo, el ucraniano Maksym Bilyi se vistió de amarillo tras asumir el liderato general, mientras Volpato celebraba su victoria con apenas cinco segundos de ventaja sobre João Silva y José Autrán. Pero más allá de nombres y clasificaciones, la etapa dejó imágenes que perdurarán: niños corriendo con bidones en la mano, familias emocionadas, autoridades orgullosas y una ciudad que se mostró cosmopolita, acogedora y vibrante.

Caldas de Reis fue mucho más que una línea de salida y meta. Fue un relato tejido con esfuerzo, orgullo y comunidad, una fiesta en la que cada pedalada se convirtió en un latido compartido.

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